Una vez más mis labores como implementador en el área de sistemas de la
H. Junta de Beneficencia de Guayaquil me han llevado al muy mencionado
Lorenzo Ponce.
Esta vez el objetivo es darle seguimiento en el uso del sistema implementado a las trabajadoras sociales (SOCIALES) de todo el hospital. Esto significa que tendré que estar en cada sala del psiquiátrico por un par de horas cada día.
Jamás he tratado con pacientes psiquiátricos, si bien es cierto ya llevo aproximadamente tres meses radicado en el Lorenzo (trabajando, no como paciente), nunca he tenido que tratar con los pacientes puesto que mi oficina queda en el edificio administrativo. Pero finalmente, este mes, tocó trabajo de campo… a las salas… cerca de los pacientes.
No puedo evitar sentir un poco de nerviosismo. Me da un poco de miedo estar rodeado de personas con trastornos psiquiátricos. Los pacientes están medicados por lo general y dicen por acá que son inofensivos (los verdaderamente peligrosos están recluídos), pero de todas maneras tengo algo de miedo. Los empleados del hospital siempre me aconsejan tener cuidado porque a veces los pacientes le roban a la gente que visita.
Como si no fuera suficiente el otro día en el messenger un amigo que estudia medicina y pasó por clases de psiquiatría me contó un poco de historias de lo que había “visto y escuchado” sobre el hospital. Esto no me alentó mucho que digamos.
El lado bueno del asunto es que yo no tengo que lidiar con los pacientes, simplemente voy a la oficina de la trabajadora, le muestro el uso del sistema y me voy… pero el tránsito por las salas no es nada bonito.
Sin embargo no es tan peligroso como pareciere. Hace como un mes fui a comprar una soda al bar y un paciente se me acercó y me pidió que le compre algo. Por no ser mala gente (y evitar que se enoje o se ponga agresivo) por comprarle una bolsa de papas fritas. En ese mismo instante tres pacientes más vieron mi aura caritativa brillando alrededor mío en varios tonos de amarillo (sufren de ciertas alucinaciones) y me pidieron que le compre algo a ellos también. Más atrás, otros tres se levantaron y pararon la oreja. Me asusté un poco porque pensé que no desistirían y que iba a tener que invitarle papitas a todo el hospital! Pero bastó con un “no hermano, ahorita ya se me acabó el dinero” para que ellos no insistieran más. Estos pacientes estaban deambulando por el bar y el parqueadero del hospital y son los más inofensivos de todos.
En fin, talvez mi amigo exageraba o talvez son ciertas las historias que cuentan del hospital. A fin de cuentas igual tendré que ir a las salas. Les contaré que tal me fue y que nomás vi. Siempre se escuchan historias interesantes por acá (aunque a veces muy tristes).